jueves, 14 de marzo de 2013

El mensaje de los tres ángeles: Apocalipsis 14:1-12


Apocalipsis 13 termina con una nota triste. Apoyado por sus principales agentes, los poderes representados por las bestias que surgen del mar y de la tierra y todos los habitantes del mundo que han prometido aliarse con él, Satanás parece tener controlado el destino del remanente. Su plan mundial parece tener éxito. Él cree que muy pronto habrá borrado al remanente del planeta, y que él será el único gobernante de la raza humana. Lo que parece haber pasado por alto es que Dios también tiene un plan mundial, y que el pueblo remanente es indispensable para su cumplimiento. Por lo tanto, nadie será capaz de destruirlo.

El Cordero y el remanente sobre el monte de Sión

Sobre el monte de Sión. El remanente es indestructible porque se halla junto al Cordero de Dios sobre el monte Sión, escondido bajo las alas del Omnipotente, de los ataques del dragón. Esta visión no se centra en el remanente sino en el Cordero que está en pie sobre el monte de Sión. Dios redimió a su pueblo a través del Cordero, y él lo hará victorioso gracias a la sangre del Cordero en la última batalla apocalíptica. Aunque amenazado de muerte por el dragón, al pueblo remanente se lo describe más allá del alcance de las fuerzas del mal. Aun cuando están todavía sobre la tierra, se hallan espiritualmente en el lugar más seguro del universo: en compañía del Cordero.

El monte de Sión era en el Antiguo Testamento el lugar donde se encontraba el templo y donde Dios reinaba y habitaba entre su pueblo. El Salmo 2 describe una situación en la cual las naciones de la tierra han conspirado juntas contra el ungido de Dios, el Mesías. El Señor se burla de ellos y proclama la derrota de las naciones, “porque, dice él, yo he puesto mi rey sobre Sión, mi santo monte” (Sal. 2:6). Sión es el lugar de refugio del remanente: “Porque saldrá de Jerusalén remanente, y del monte de Sión los que se salven. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto” (2 Rey. 19:31). El remanente lo conforman los sobrevivientes dejados en Sión (Isa. 4:2-3), preservados por Dios de los ataques del enemigo. La misma asociación de ideas aparece en Apocalipsis 14:1, donde el Mesías y el remanente son el blanco del dragón y sus asociados; pero el remanente halla refugio en el Mesías.

El sello de Dios. El símbolo de los 144 mil que tienen el nombre del Cordero y de Dios escrito sobre sus frentes también representa al remanente. Dicho símbolo parece describir de manera especial a quienes estarán vivos sobre la tierra cuando Cristo regrese: una interpretación apoyada por el hecho de que Apocalipsis 6:14-16 describe la segunda venida de Cristo seguida por la pregunta: “porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Apoc. 6:17). La respuesta a esa pregunta se da en el capítulo 7: los 144 mil. Elena G. de White dice de ellos que, “habiendo sido trasladados de la tierra, de entre los vivos, son contados por ‘primicias para Dios y para el Cordero’”.[1] Es una tentación especular respecto a este tema, pero debemos resistirla, porque la información que tenemos es extremadamente limitada.

Los 144 mil tienen el nombre del Cordero y de su Padre escrito sobre sus frentes. Si, de acuerdo con Apocalipsis 7:3, Dios puso su sello sobre las frentes de sus siervos, entonces el sello y el nombre de Dios deben referirse a la misma cosa. El nombre, de Dios y el del Cordero representan sus caracteres, lo que ellos son. Por lo tanto tener su nombre sobre nuestra frente es reflejar el carácter de Dios en nuestra vida. Él nos lo reveló a través de su ley y en la vida de Jesús, quien la ejemplificó para nosotros. Ya indicamos que en el libro de Apocalipsis quienes pertenecen a Dios obedecen sus mandamientos. Sus vidas de sumisión obediente a la voluntad de Dios revelan que en realidad le pertenecen y están bajo su cuidado protector. Este firme compromiso con Dios y con la verdad los distingue de quienes siguen a la bestia y tienen su marca. Aceptar a Cristo como nuestro Salvador no es algo que pueda hacerse sin una vida de obediencia amorosa a todos sus mandamientos. Su ley contiene el sello de Dios en el cuarto mandamiento, una señal de creación (Éxo. 31:17), redención (Deut. 5:15) y santificación (Éxo. 31:13). La obediencia del remanente a ese mandamiento durante las escenas finales del conflicto cósmico lo distinguirá de quienes adoran al dragón y a la bestia. A través del poder del Espíritu esa obediencia resulta en un carácter santo. 

Un coro y cántico nuevos

Juan escucha un cántico maravilloso y sonoro que para él es como el sonido refrescante de muchas aguas, como el sonido poderoso de un trueno y como el sonido inspirador y armonioso de un arpa. Las imágenes que él usa indican que la música es extraordinaria, que él nunca ha estado en un programa musical como éste, y busca las palabras para expresar su experiencia. El coro parece consistir de un número simbólico de 144 mil seres que conforman el remanente que canta ante el trono de Dios. Nadie más puede aprender este canto, porque nadie ha pasado por esta experiencia.

Juan da varias características claves de los 144 mil. En primer lugar, Dios los ha redimido de entre los de la tierra. Apocalipsis 14:3 y 4 nos dice dos veces que éstos fueron “redimidos de entre los de la tierra/de entre los hombres”. El mismo verbo aparece en Apocalipsis 5:9 donde unos seres celestiales cantan: “Porque tú [el Cordero] fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación”. El Nuevo Testamento testifica claramente que Cristo nos compró o redimió, y que el precio que pagó fue su propia sangre/vida (2 Ped. 2:1; 1 Ped. 1:18, 19). Cristo ganó el derecho del pueblo de Dios para que pueda estar en pie ante su trono y para que lo alabe por su muerte expiatoria. No es la recompensa por nuestra Fidelidad a él. Así que ya no nos pertenecemos más a nosotros mismos, porque Cristo, nuestro nuevo propietario, pagó el precio de nuestra redención (1 Cor. 6:20). Le somos leales porque él cubrió el costo de nuestra salvación.

En segundo lugar, son vírgenes. La frase “no se contaminaron con mujeres” clarifica la metáfora. La imagen que se usa es la de una mujer desposada que se mantiene sexualmente pura para su futuro esposo. En 2 Corintios 11:2 Pablo aplica la misma metáfora a los cristianos: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura para Cristo”. Los 144 mil se han mantenido fieles a Cristo al no contaminarse con la prostituta descrita en Apocalipsis 17.

En tercer lugar, siguen al Cordero. El remanente no adora a la bestia ni al dragón. La estrecha relación entre los 144 mil y el Señor comenzó cuando ellos todavía estaban sobre la tierra y continuará por la eternidad.

En cuarto lugar, Israel dedicaba los primeros frutos a Dios como una expresión de gratitud por la cosecha. Ellos pertenecían a Dios. Los 144 mil son de Cristo en forma especial debido a su experiencia singular al cierre de la batalla cósmica, cuando tienen que enfrentar el engaño y la persecución por parte de las fuerzas del mal en una manera nunca vista antes en la historia humana. Ellos siguen al Cordero donde quiera que él vaya. La imagen de las primicias también señala hacia el hecho de que muchos más experimentarán la salvación. Los 144 mil son el anticipo de la inmensa cosecha de Dios. Los redimidos de todas las edades se unirán a Cristo y al remanente escatológico para disfrutar de su presencia por siempre.

En quinto lugar, no fue hallada mentira en sus bocas. Una de las características básicas de los redimidos es que han proclamado la verdad. No hay nada en sus palabras o acciones que refleje algún tipo de engaño. Mentir es identificarse con las fuerzas del mal y con el falso profeta (Apoc. 16:13; 19:20). Quienes aman la falsedad serán excluidos de la nueva Jerusalén (Apoc. 22:15).

Finalmente, el remanente es sin mancha, es decir, sin defectos morales. Ellos se identifican con Cristo, quien se ofreció sin mancha (Heb. 9:14). A través de su muerte expiatoria él hizo posible que todos puedan presentarse sin mancha ante Dios (Efe. 5:27). La última generación tendrá una relación íntima con el Salvador y crecerá constantemente en santificación al confiar únicamente en el poder de Cristo para salvarlos de sus enemigos.

Los mensajes de los tres ángeles

Podemos explicar fácilmente la conexión entre Apocalipsis 14:6-12 la sección previa (Apoc. 14:1-5) como una descripción y del proceso y los medios por los cuales Dios reúne al remanente escatológico. El capítulo comienza mostrándonos a ese grupo reunido ante el trono de Dios. Luego nos informa cómo los llamó Dios de entre los habitantes de la tierra. Apocalipsis 13 discute el plan mundial y la estrategia que usa el dragón para unir al mundo contra Cristo y su remanente. Ahora tenemos un vistazo del plan mundial de Dios y su propósito. Dos fuerzas actúan a escala mundial para lograr la lealtad de la raza humana, y es importante que nosotros estemos del lado correcto del conflicto.

Aunque hay algunas similitudes entre los dos planes, las diferencias son fundamentales. Ambos usan tres medios de comunicación. Dios emplea tres seres angélicos (Apoc. 14:6-9) y el dragón recurre a tres demonios (Apoc. 16:13), quienes son mensajeros de vida y muerte respectivamente. El método que Dios usa consiste en proclamar el evangelio de salvación y el juicio a toda nación, tribu, lengua y pueblo (Apoc. 14:6). El dragón se basa en la realización de milagros y en la obtención del apoyo de los reyes de la tierra (Apoc. 13:13; 16:14). Dios apela a la razón humana y a las necesidades espirituales reales de los individuos y se asegura que toda persona escuche el mensaje y tome una decisión. El dragón apela a las emociones e impone su voluntad por la fuerza a través de la autoridad y el poder político.

Los dos planes tienen fundamentalmente diferentes. Dios desea preparar a su pueblo contra el engaño, reunir a su pueblo remanente de todas las naciones en el monte de Sión y desenmascarar los verdaderos planes del dragón (Apoc. 14:1, 6-9). El dragón intenta engañar a todo el mundo (Apoc. 13:13; 16:14), reunir a los reyes de la tierra en Armagedón (Apoc. 16:14) y derrotar al remanente (Apoc. 13:15). El resultado final de los dos planes es diametralmente opuesto. El plan de Dios triunfará y su pueblo saldrá victorioso (Apoc. 14:4), mientras que el dragón y sus confederados terminarán siendo vencidos y destruidos (Apoc.16:19). Uno no puede sobre enfatizar la importancia, la necesidad y la urgencia de la proclamación de los mensajes de los tres ángeles al mundo. Dios le ha confiado este gran privilegio y responsabilidad a la Iglesia Adventista y nada debiera distraernos de cumplir nuestra misión.

El mensaje del primer ángel (Apoc. 14:6, 7)

Contenido del mensaje. En la proclamación del último mensaje de Dios para la raza humana participan agencias tanto humanas como celestiales. La Escritura define el contenido del mensaje presentado por el primer ángel como el “evangelio eterno”. Las “buenas nuevas” de salvación a través de la fe en la muerte expiatoria de Cristo se hallan en el corazón de la proclamación de este ángel. Evangelio significa “buenas nuevas” y el uso que Juan le da presupone su sentido apostólico; por lo tanto, nosotros debiéramos interpretarlo a la luz del resto del Nuevo Testamento. “El evangelio no requiere que los hombres logren su propia salvación mediante un acto de arrepentimiento. El evangelio es la declaración de que ‘Cristo, Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores’ (1 Tim. 1: 15); que ‘de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito’ (Juan 3:16); que ‘siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros’ (Rom. 5:8); y el evangelio de Juan es el mismo: ‘Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre... a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos’ ([Apoc] l:5-6)”.[2] (Véase también Apocalipsis 5:9.) Este evangelio es válido eterna y permanentemente para todas las épocas y personas.

Blanco, del mensaje. El blanco o audiencia del evangelio es de naturaleza universal, porque el problema que el evangelio busca solucionar es universal y afecta a cada individuo del planeta. El ángel dirige el mensaje a los “moradores [lit. ‘que se sientan’] de la tierra”, más específicamente a “toda nación, tribu, lengua y pueblo”. El pasaje presupone que la polarización final de la raza humana todavía no ha ocurrido y que para entonces muchos, después de escuchar el evangelio, elegirán seguir al Cordero. Ellos serán parte del remanente escatológico de Dios. De hecho, Cristo compró al remanente a través de su sangre “de todo linaje y lengua y pueblo v nación” (Apoc. 5:9; cf. 14:3). Dios usa la expresión histórica del remanente, los que quedaron después del ataque del dragón contra la mujer durante 1260 años, para reunir al resto del remanente escatológico: los que estarán vivos cuando Cristo regrese.

Respuesta al mensaje. El ángel extiende a todos una invitación, un “temed a Dios”, “dadle gloria” y “adorad”. Esta sucinta invitación resume la respuesta que Dios espera de la raza humana al enfrentar las fuerzas del maligno en la última batalla del conflicto entre el bien y el mal. El temor de Dios deriva del hecho de que él es grande, majestuoso y único. Su presencia inspira temor porque él está más allá de nuestra total comprensión (Deut. 7:21; 10:17; Mar. 9:2-6). Pero él nos dice “no temáis”, porque su presencia no pone en peligro nuestra existencia; más bien puede enriquecería superando nuestras expectativas. Así que la frase “temed a Dios” expresa la idea de una sumisión confiada a Dios. Siendo que su presencia también trae salvación a su pueblo, el “temor” que produce resulta en alabanza y adoración a Dios. Quienes temen a Dios son aquellos que le alaban, confían en él y guardan sus mandamientos (Deut. 8:6). El llamamiento a temer a Dios nos invita a estar listos para encontrarnos con nuestro majestuoso y único Dios en un estado de sumisión y compromiso con él a través de la obediencia a su buena voluntad.

Con frecuencia en la Biblia el temor a Dios guía al individuo a glorificarle (Apoc. 15:4; Mat. 9:8). En el Antiguo Testamento la palabra hebrea traducida como “gloria” (kabod) significa “peso”. La gente creía comúnmente que la función de una persona en la sociedad estaba determinada por su “peso”, es decir, por la importancia e influencia del individuo. Las personas sabias o ricas tenían una gran influencia; sus palabras y acciones tenían “peso social e inspiraban respeto y honor. La sociedad admitía públicamente su ‘gloria/peso’ al reconocer lo que habían hecho por otros. En consecuencia, el verbo llegó a significar “ser honrado o reconocer la importancia de alguien. Por lo tanto, dar gloria a Dios significa reconocerlo como la persona más importante del universo. Nadie tiene mayor “peso” o influencia que él en nuestra vida. Dar gloria a Dios es asignarle a él el primer lugar en nuestra vida y oponerse al plan mundial del dragón que desea robarle a Dios su gloria.

La urgencia de la proclamación a temer a Dios y darle gloria resulta del hecho de que la hora de su juicio ha llegado. El pregón de los mensajes de los tres ángeles tiene lugar mientras el juicio anunciado por Daniel está todavía en progreso. El Juicio es buenas nuevas porque nos informa que Cristo todavía está intercediendo en nuestro favor en el santuario celestial y que aún queda tiempo para que nos unamos a él en la batalla contra el dragón. Es la última oportunidad que tiene la raza humana de unirse al Cordero en oposición a las fuerzas del mal.

El ángel convoca a la humanidad a “adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. La adoración es un elemento clave en el conflicto cósmico porque hace surgir el importante tema del objeto verdadero y correcto para adorar. El dragón intenta colocarse, tanto él cómo la bestia que surge del mar, en el mismo centro de la existencia humana al convertirse en el foco de su adoración (Apoc. 13:4; 14:9). El remanente se compone de aquellos que han decidido adorar sola y exclusivamente al Creador. El mandamiento del sábado describe a Díos como digno de adoración porque él es nuestro Creador (Éxo. 20:11) y Redentor (Deut. 5:15); v Juan usa parte de su lenguaje a fin de establecer la razón de adorar a Dios.

El mensaje del segundo ángel (Apoc. 14:8)

El mensaje del primer ángel proclama esencialmente el triunfo del plan de Dios para el mundo, mientras que el mensaje del segundo ángel anuncia el fracaso del plan del dragón. La Escritura utiliza el símbolo de una ciudad –Babilonia– para representar los logros del dragón, de la bestia que surge del mar y de la bestia que surge de la tierra. La caída de la ciudad describe la victoria de Dios sobre esos poderes malignos. La Biblia también describe a Babilonia como una mujer a fin de ilustrar que no es sólo un poder político: una ciudad; sino también un poder religioso: una mujer. Ya hemos visto que la Escritura emplea a la mujer como símbolo de] pueblo de Dios, ya sea como una comunidad fiel (Apoc. 12:1) o como una comunidad infiel: una prostituta (Apoc. 17:5). La ciudad será destruida y la prostituta quemada con fuego (vers. 16).

En el Antiguo Testamento Babilonia representa la arrogancia humana y la rebelión contra Dios. La construcción de la torre de Babel (Gén. 11:1-9) representó tanto un rechazo de la dirección divina como un intento de autopreservación mediante el esfuerzo humano. Los babilonios llamaron a la ciudad Babilu, “puerta de los dioses”, sugiriendo que a través de la ciudad tenían acceso a los dioses. La Biblia prefirió interpretar ese nombre sobre la base de la palabra hebrea balal, confundir (vers. 9). La ciudad, lejos de ser un lugar de acceso a Dios, era un centro de confusión. Babilonia llegó a ser un símbolo apropiado para el archienemigo de Dios y de su pueblo (Jer. 50:24, 28, 29).

El libro de Apocalipsis usa el término Babilonia para describir al archienemigo de Dios y el remanente en el tiempo del fin. Juan aplica la imagen de una prostituta a Babilonia para recordarnos su verdadera naturaleza. Tal como se indicó anteriormente, el símbolo de una prostituta representa a una comunidad infiel a Dios. Dicha infidelidad se manifiesta en dos formas. En primer lugar, la comunidad rechaza la verdad de Dios y practica un sistema sincretista de adoración que es fundamentalmente un acto de idolatría (Jer. 2:23-25; Ose. 1-3). Pablo anunció que este proceso de apostasía entraría en la iglesia (2 Tes. 2:3; Hech. 20:28, 29) y llevaría a la pérdida o distorsión de importantes verdades bíblicas.

En segundo lugar, la infidelidad espiritual se manifiesta en un intento por depender del poder civil en lugar del poder divino para lograr las metas de la comunidad (Eze. 16:26-29; Lam. 1:21 9), desplazando a Dios y colocando su autoridad en manos del estado. El libro de Apocalipsis describe a los poderes malignos buscando el apoyo de los reyes de la tierra para impulsar sus planes contra Dios y el remanente (Apoc. 17:12, 13).

El proceso de la apostasía que Pablo predijo comenzó inmediatamente, se desarrolló durante la Edad Media, y alcanzará dimensiones universales en el tiempo del fin con el apoyo del protestantismo apóstata y el espiritismo. Luego la Babilonia escatológica amenazará la misma existencia del remanente (Apoc. 13:15). Pero el mensaje del segundo ángel proclama la caída de esa infame ciudad y el colapso de la coalición contra el pueblo de Dios. Esta caída es, en primer lugar, de tipo espiritual al unir sus fuerzas la bestia de] mar y el falso profeta con el dragón y los reyes de la tierra en contra del remanente y su mensaje. Esto resultará en la polarización de la raza humana. En segundo lugar, la caída es también la separación de la coalición y el fracaso del dragón (Apoc. 17:15, 16). Nos estamos acercando rápidamente hacia ambos eventos.

El mensaje del tercer ángel (Apoc. 14:9-11)

El mensaje del tercer ángel es una amonestación hecha a la raza humana para que despierte: una advertencia acerca de los peligros que se hallan ante nosotros. Describe vívidamente la experiencia de quienes se unirán a la coalición del dragón para pelear contra el Cordero. Quienes adoren al enemigo y acepten voluntariamente la marca de la bestia beberán del vino de la ira de Dios. El simbolismo de una copa de vino conteniendo la ira judicial de Dios contra el mal aparece con frecuencia en los escritos de los profetas Osa. 51:17; Jer. 25:15; Hab. 2:16), y señala hacia la destrucción final y definitiva de los pecadores. “Como una bebida embriagante, ésta priva de sus sentidos a quien deba tomarla, y lo hace tambalearse y caer, al punto de que no puede ponerse en pie nuevamente. La imagen transmite la idea de un juicio progresivo que lleva a la inconsciencia total”.[3] El grado del castigo depende de los actos de la persona (cf. Apoc. 22:12). El árbitro moral del universo acabará con el conflicto cósmico. Los malos perecerán en presencia del Cordero y de los ángeles; en otras palabras, serán testigos del domino del Cordero antes que mueran.

El libro de Apocalipsis toma prestado el lenguaje del anuncio profético de la destrucción de Edom para describir la erradicación total del mal y de los pecadores que no se arrepintieron en el universo. Isaías escribió: “Sus arroyos [de Edom] se convertirán en brea, y su polvo en azufre, y su tierra en brea ardiente. No se apagará de noche ni (le día, perpetuamente subirá su humo; de generación en generación será asolada, nunca jamás pasará nadie por ella” (Isa. 34:9, 10). Es un lenguaje de destrucción permanente y no de un tormento eterno. Juan emplea la misma imagen para anunciar la exterminación total y final de los malos. No hay descanso para ellos porque rechazaron el descanso que Cristo les ofreció (Mat. 11:28-30). Sin embargo, nadie necesita pasar por tal experiencia dolorosa porque Cristo ya bebió la copa de la ira de Dios por todos nosotros (Mar. 14:36).

Características del remanente

Después de describir el destino final de quienes siguen a la bestia y al falso profeta, el libro de Apocalipsis exhorta al remanente a permanecer leal a Dios. Una vez más encontramos el término “paciencia/resistencia” (véase Apoc. 13:10) y la necesidad de guardar los mandamientos (véase Apoc. 12:17). Pero también surge un nuevo elemento: ellos tienen la fe de Jesús. Podemos entender esa frase como que deben permanecer leales al mensaje de Jesús (véase 2 Tim. 4:7). Pero también podría indicar que ellos mantienen su fe en Jesús, es decir, ponen su fe en la obra que Cristo logró en su favor en la cruz. La ambigüedad de la frase sugiere la presencia de ambas ideas: que el remanente permanece leal al mensaje de Jesús, incluyendo el reconocimiento de que la salvación viene sólo por medio de la fe en él, Ellos creen que la ley y el evangelio no deben separarse uno de otro. Aquellos que han aceptado la salvación sólo a través de Cristo también guardan los mandamientos.

¡El plan de Dios triunfará, y nosotros somos parte de él!


Ángel Manuel Rodríguez (Th D. Andrews University)
Ex-director del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día.



*Publicado originalmente en inglés en Ángel Manuel Rodríguez, Future Glory. The 8 Greatest End-Time Prophecies in the Bible (Hagerstown, MD: Review and Herald, 2002), 125-136. Véase también en español publicado por la Asociación Casa Editora Sudamericana en el año 2001.

[1]Elena G. de White, El conflicto de los siglos, pág. 707.

[2]G.B. Caird, A Comentary on the Revelation of St. ¨John the Divine (Nueva York: Harper and Row, 1966), 182, 183.

[3]Goppelt, “Poterion”, en Theological Dictionary of the NT, tomo 6, pág.149.

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